Momentos prescindibles de la historia del rock
Capítulo I. Desenpolvando recuerdos
por Dr. Biscuit
Recuerdo ya hace mucho tiempo cuando les dije a los Biscuit que tenía que escribir todo lo que nos sucedió como grupo, aquellos largos años de aventuras y desventuras en que nos forjamos como músicos y seres humanos, una larga amistad que creo nunca podremos olvidar. Ahora que todo aquello ya ha sedimentado en mi memoria, es el momento de cumplir mi promesa, porque dentro de la furgoneta, lo que se decía, tarde o temprano tenía que hacerse. Espero que no sea tarde, más bien, el mejor momento para que sepáis cuan grande fue aquel camino que decidimos recorrer.
Biscuit tenía dos caras, eso sin duda se reflejaba en nuestros cortes: una amable, armónica, hasta diría que algunas veces bella; la otra, un monstruo imposible de domar, un torbellino que nacía de nuestras entrañas y que muchas veces se nos escapaba de las manos. Este cócktel nos sirvió para emborrachar a algunos de nuestros seguidores, los de siempre, aquellas personas que eran felices mientras nos escuchaban, desde el primer día hasta el último. La lista sería finita pero larga y, quizás este sea uno de los misterios más grandes del la humanidad, conseguir esa catarsis mágica donde un grupo de personas consigue unir su energía para acotar un momento, un espacio infinitamente pequeño alrededor de una canción. Y esto pasa muy pocas veces, yo podría contarlas en menos de 10 segundos, unas veces viéndolo, otras veces sobre las tablas y alguna vez en nuestro local de ensayo, ese lugar donde se pudo respirar lo grande y lo mísero de nuestras existencias. Al final, la vida es un árbol donde la médula es la esencia de cada uno, el tronco es cómo te ven las personas que te quieren, las ramas són la parte de ti que ve quien no te conoce –siempre buscando la approval que definió muy acertadamente Sly Stone- y, finalmente, los frutos son el resultado del tiempo que se te ha dado. Este tiempo nos pone donde nos merecemos y, en la mayoría de los casos, solo conseguimos arrancar totalmente las pegatinas fecales del retrete unas tres o cuatro veces durante toda la vida.
El caso es que Biscuit pasó el umbral de la indiferencia para desplazarse casi sin darse cuenta a la órbita del éxito –qué asquerosa palabra, prometo no volver a escribirla-, eso sí, partiendo de una situación de madurez personal que nos sirvió para canalizar la asquerosa palabra hacia unos derroteros marcados por nuestro propio rumbo, y es quizás lo único positivo, para hacer lo que nos dio la gana teniendo la approval de todo el mundo.
El largo trecho de nuestra vida como grupo quedó diferenciado en dos trozos de pastel, -sin duda alguno de nuestros numerosos biógrafos matizarían estos dos en muchos otros pedacitos- uno el antes y otro con la sartén cogida por el mango: primero viviendo las penurias de la carretera sin destino, los kilómetros del inhóspito mundo del telonero, las 20.000 pesetas más la cena,una botella de ron barato y el batería sin monitores; después, la lujuria del rock, el desparrame de medios a nuestro antojo, el bueno de Àngel pidiendo agua destilada de los fiordos escandinavos, rodeados de la camarilla de personajes que nos acompañó en aquel intervalo temporal y que compartieron con nosotros la metamorfosis de sus propias vidas. Ellos también conocieron las dos caras de Biscuit y aún tuvieron tiempo de dejarnos a los cuatro para saborear el final, aquel colofón a nuestra medida, cuando dijimos adiós a aquel ser que creamos, vivimos y destruimos tantas veces.
Capítulo I. Desenpolvando recuerdos
por Dr. Biscuit
Recuerdo ya hace mucho tiempo cuando les dije a los Biscuit que tenía que escribir todo lo que nos sucedió como grupo, aquellos largos años de aventuras y desventuras en que nos forjamos como músicos y seres humanos, una larga amistad que creo nunca podremos olvidar. Ahora que todo aquello ya ha sedimentado en mi memoria, es el momento de cumplir mi promesa, porque dentro de la furgoneta, lo que se decía, tarde o temprano tenía que hacerse. Espero que no sea tarde, más bien, el mejor momento para que sepáis cuan grande fue aquel camino que decidimos recorrer.
Biscuit tenía dos caras, eso sin duda se reflejaba en nuestros cortes: una amable, armónica, hasta diría que algunas veces bella; la otra, un monstruo imposible de domar, un torbellino que nacía de nuestras entrañas y que muchas veces se nos escapaba de las manos. Este cócktel nos sirvió para emborrachar a algunos de nuestros seguidores, los de siempre, aquellas personas que eran felices mientras nos escuchaban, desde el primer día hasta el último. La lista sería finita pero larga y, quizás este sea uno de los misterios más grandes del la humanidad, conseguir esa catarsis mágica donde un grupo de personas consigue unir su energía para acotar un momento, un espacio infinitamente pequeño alrededor de una canción. Y esto pasa muy pocas veces, yo podría contarlas en menos de 10 segundos, unas veces viéndolo, otras veces sobre las tablas y alguna vez en nuestro local de ensayo, ese lugar donde se pudo respirar lo grande y lo mísero de nuestras existencias. Al final, la vida es un árbol donde la médula es la esencia de cada uno, el tronco es cómo te ven las personas que te quieren, las ramas són la parte de ti que ve quien no te conoce –siempre buscando la approval que definió muy acertadamente Sly Stone- y, finalmente, los frutos son el resultado del tiempo que se te ha dado. Este tiempo nos pone donde nos merecemos y, en la mayoría de los casos, solo conseguimos arrancar totalmente las pegatinas fecales del retrete unas tres o cuatro veces durante toda la vida.
El caso es que Biscuit pasó el umbral de la indiferencia para desplazarse casi sin darse cuenta a la órbita del éxito –qué asquerosa palabra, prometo no volver a escribirla-, eso sí, partiendo de una situación de madurez personal que nos sirvió para canalizar la asquerosa palabra hacia unos derroteros marcados por nuestro propio rumbo, y es quizás lo único positivo, para hacer lo que nos dio la gana teniendo la approval de todo el mundo.
El largo trecho de nuestra vida como grupo quedó diferenciado en dos trozos de pastel, -sin duda alguno de nuestros numerosos biógrafos matizarían estos dos en muchos otros pedacitos- uno el antes y otro con la sartén cogida por el mango: primero viviendo las penurias de la carretera sin destino, los kilómetros del inhóspito mundo del telonero, las 20.000 pesetas más la cena,una botella de ron barato y el batería sin monitores; después, la lujuria del rock, el desparrame de medios a nuestro antojo, el bueno de Àngel pidiendo agua destilada de los fiordos escandinavos, rodeados de la camarilla de personajes que nos acompañó en aquel intervalo temporal y que compartieron con nosotros la metamorfosis de sus propias vidas. Ellos también conocieron las dos caras de Biscuit y aún tuvieron tiempo de dejarnos a los cuatro para saborear el final, aquel colofón a nuestra medida, cuando dijimos adiós a aquel ser que creamos, vivimos y destruimos tantas veces.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada