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lunes, mayo 24, 2010

Momentos prescindibles de la historia del rock. Capítulo 2


Momentos prescindibles de la historia del rock
Capítulo II. De la cinta al CD
por Dr. Biscuit


Quizás estábais pensando en aquellos ya lejanos inicios de la década de los noventa en que se consideró obsoleto el formato del vinilo delante de la comodidad, la calidad y el esnobismo del disco compacto. Pero eso es otra historia y, por suerte, el vinilo nunca quedó sepultado bajo la presión del formato digital. Lo que sí fue muy traumático para mucha gente, y hoy será el hilo conductor de este momento, fue la defunción y exhumación de las cintas magnetofónicas.

Recuerdo el trajín que entonces llevábamos con los discos con los que dilapidábamos nuestra patética paga, te lo pasaban, lo escuchabas y te lo grababas en una cinta (primero regrabando sobre la de Juan Pardo de tu madre y luego comprando las míticas cintas de cromo), para luego guardarlo en una caja de lata como un tesoro. Y, al cabo de unos años, cuando nuestro arsenal de plásticos estaba mejor cargado, las no menos añoradas recopilaciones: cual dj de alguna apestosa FM, te imaginabas que aquella cinta era tu momento de gloria con los amigos, en ruta, en la furgo. Luego, cuando el acopio de estas recopilaciones fue en aumento, empezaron los seriales estilísticos que nosotros bautizamos como Misceláneas: las Vanguardistas (éxitos de los 90s), las Hippys (para beber), la On the road again (tipo esta colección no puede encontrase en tiendas), las Egoncéntricas con nuestros nombres y mis favoritas… las Funky (con canciones de garaje), aunque seguro que habían muchas más. Recuerdo estas Misceláneas Funky como el embrión de lo que luego fue el Nuevo Testamento de nuestra música favorita: el Nuggets. En la furgoneta siempre había música, y quiero decir siempre. Después de algún viaje demencial la verdad es que todos, bueno, todos menos Xavi, agradecíamos el silencio del lavabo del área de servicio, aquel instante en que durante un momento volvías a ser una sola persona. Mirabas a tu vecino de urinario y pensabas “¿quién coño es éste?....”, solía ser Àngel.

Cada cinta tenía su momento- de hecho, cada música tiene su momento y hasta cada canción tiene su momento- y eso era ley orgánica dentro del habitáculo móbil. La ida seguro era a fondo, si íbamos hacia el Oeste, el paso por el Meridiano de Greenwich era sin duda el primer clímax del viaje. Allí solíamos recordar que aquello era una frontera, una puerta en dirección a donde la canción sonante marcaba, muy Kerouac, sin ficción, como si se abre una bombona de gas y ésta eructa un grito de guerra…. Hacia el Sur siempre compartíamos con nostalgia nuestras últimas tardes en RicoAmor –aún conservo la camiseta- y hacia el Norte, la sombra de Sant Feliu de Guíxols siempre dejaba algo de frescor entre nosotros. La vuelta era ya más relajada, a veces harto progresiva, un recorrido más intimista e introspectivo, hablábamos menos, no se paraba a comer y se palpaba el poso de la energía consumida. Este ambiente solamente cambiaba a partir de mediodía en que el sonido de la apertura de una fugaz lata hacía presencia y se entablaba alguna disertación sobre el origen de los nombres o la digestión de las vacas.

La entrada de los compactos regrabables dio un nuevo aire a la logística interna, aunque el hecho de no tener que escuchar íntegramente los ficheros que guardabas (al contrario que con las cintas) daba un toque más impersonal y frío al resultado final. Teníamos la ventaja de la función Radom –sí, sin n- del aparato reproductor que permitía la permutación aleatoria de todos los elementos de forma infinita, concepto irracional para nuestra mente pasada de moda. Aquel radio-cassete-cd de la Vito picó mucha piedra y aún recuerdo mi última visita al Mercedes Benz Museum de Stuttgart donde quedó expuesta en la sección “unglamourös Fahrzeuge”, en el estado original en que la dejamos después de la última gira, con 800.000 km y prácticamente sin tapicería.

1 comentarios:

Vic-Cher dijo...

queremos massssssssssss